Tatá, ponme la música de princesas… Así decía mi adorada sobrina Clau, cuando chiquitita, la buscaba mi mamá al colegio una vez a la semana.
Música de princesas… vamos hoy a descubrir que significa eso de música de princesas, y como es que Clau es heredera de una cultura musical excepcional.
La aún plácida y llena de bienestar Caracas de principios del s. XXI, aunque sacudida ya por el chavismo, transcurría en un ir y venir de niños a sus colegios, y mis sobrinos con esa abuela ¿jóven aún? Quien en su carro buscaba a sus nietos al cole por petición de su madre, mi hermana, quien trabajaba a destajo como ingeniero civil.
En ese contexto idílico en el que vivíamos, ésta niñita, ésta chamita, se enfrentaba a una abuela, mi madre, nieta de un acaudalado hacendado y visionario hombre de la ciudad de Mérida en los Andes venezolanos, un tipo que entre finales de 1800 y principios de 1900, desde ese mundito sin conexión alguna aparente con el resto del planeta, envió al menos a uno de sus hijos a estudiar en una Academia Militar en EEUU y a otro a estudiar medicina a la Sorbonne de París, y a varias de sus hijas a Curaçao a aprender, lo que las niñas bien debían aprender. Y no era poca cosa pues debían andar a mula varios dias para sortear las montañas de Los Andes venezolanos y llegar a Maracaibo, para ahi tomar un Vapor que los llevaria a La Guaira en cabotaje, donde finalmente abordarían un Trasatlántico que en travesia de mar los llevara a EEUU y a Europa.
Mi madre, una señora a quien su padre, un intelectual consagrado de la “Generación del 28 venezolano” un día al escucharla decir que al salir del colegio lo que quería era irse a Suiza a una escuela de señoritas, siguiéndole los pasos a varias amigas, le respondió contundentemente que una hija suya únicamente iría a estudiar a la Universidad, y ella, traída a tierra, decidió estudiar Derecho.
Esa abuelita, se graduó de abogado, no tejía, no cocinaba, ni era una ama de casa consagrada. Esa señora es aún, una devoradora de literatura y una tímida, pero decidida “intelectual” o “intelectualoide” como llamaría ella siempre a todo aquel con conocimientos, pensamiento y cultura.
Música de Princesas… mi adorada Clau no tenía idea… era muy niña aún. Su abuelita años atrás nos ponía en los viajes en carro a Mérida una gama de cassetes con todo tipo de música clásica, su colección era amplia desde los Walts de Mozart (aledaños al reggeaton de hoy conceptualmente) hasta las exquisiteces mas sublimes de un Vivaldi, en ocasiones demasiado oscuro incluso para ella. Esa señora puso a sus 3 hijos a estudiar música, mis hermanas piano y yo violín, pero no unas clasesitas, estudiamos teoría y solfeo durante años, y aprendimos razonablemente la ejecución del instrumento. Yo incluso llegué a formar parte de la Orquesta Infantil de Venezuela.
Mi madre, la abuela de Clau, me acompañaba en las vacaciones a Mérida a estudiar mi violín, íbamos a un parque donde el sonido del Río Albarregas se entrelazaba armonioso con el inexperto sonido de mi violín, ahí estudiaba mi lección y al final mi madre me leía pasajes de La Ilíada y La Odisea, de un libro ilustrado fabuloso, de mi hermana mayor.
¿Cuantos domingos en casa sonaba música exquisita en el “picó”? No solo los clásicos mas prominentes, sino música venezolana y música contemporánea de mis padres ¿Cuantas veces mi padre pasaba la tarde encerrado tocando su Tiple y su Acordión? ¿Cuantas veces escuché con mi madre la Obertura 1812 de Tchaikowski? Y mientras la escuchábamos me decía, “…escucha los cañonazos, son de verdad, son la defensa de los rusos ante la invasión de Napoleón (acompañado de pasajes de La Marsellesa)…” y luego La Marcha Eslava, la cual sentía como si hubiera vivido el momento yo mismo en San Petersburgo.
Esa niñita absolutamente inocente, estaba siendo moldeada por una abuela que llevaba lo mucho en la cabeza… mi adorada Clau mas adelante fue “valerina” exquisita bailando esa "música de princesas" que tanto le gustaba y aprendió a apreciar con Tatá.
Tantas veces al calor de la cotidiana necesidad olvidamos de dónde sale quienes somos y lo que nos caracteriza derivado de influencias en ocasiones insospechadas, pero obvias.
Tatá durante varios años se conectó con mi hijo Jacobo a través de la música, le enseñó canciones que entonaban juntos (En Altamar, El San Pedro, Misia Panchibida…) e incluso cada noche durante los períodos que vivió con nosostros en México y Panamá, Jaco la buscaba para que le pusiera “La Música de Tatá” en el Ipad antes de acostarse a dormir, El Bolero de Ravel, La 9na de Beethoven, Waltzes, Unas Monjitas que cantaban exquisito – Las monjitas decia Jaco, Coros y cuanto puede encontrarse en Internet, Tatá se lo puso a Jaco, y el se quedaba adormitado en su regazo.
Así pues. Una frase de mi adorada Claudia cando niñita, explica un legado extraordinario, el cual tiene su mayor exponente en el arte y duende de mi hermana Silvia, música pura, placer y disfrute de una forma de expresión que no salió de la nada, sino de lo que nos enseñaron, de lo que vivimos, de lo que somos aun dispersos por el mundo.
Ivan E. Rojas Loynaz
Marzo 14, 2026
CDMX, MX


