¡Ojalá te Mudeís!
Q uien conoce a un maracucho sabe que su arsenal de maldiciones es una obra de arte de la exageración. Pero entre todas las sentencias posibles, hay una que se pronuncia con una sonrisita y una dosis pura de maldad cotidiana: “¡Ojalá te mudeís!” Para el implacable juez de la sabiduría popular zuliana, mandar a alguien a mudarse es condenarlo al peor de los purgatorios terrenales. Es desearle el descalabro de meter su vida entera en cajas, el suplicio de desarmar muebles que jamás volverán a encajar igual, y la tortura de perder el control de absolutamente todos tus objetos por meses. Es, en esencia, desearle a uno el caos. El problema es que, en mi caso, la maldición no me la lanzó alguien en una esquina de Maracaibo. Me la debió lanzar el destino mismo, y con efecto acumulativo, de alcance global. A lo largo de mi vida me he mudado 13 veces . Sí, trece. Un número que para los supersticiosos ya carga su propio peso, pero que para mí representa el mapa de coo...